La energía que pones en tu fermento también fermenta
La energía que pones en tu fermento también fermenta
Hay una pregunta que todo fermentador se hace en algún momento, aunque no siempre en voz alta: ¿influye cómo me siento en cómo sale el fermento?
La respuesta corta es: probablemente sí. Aunque no exactamente por las razones que imaginas.
Lo que sí dice la ciencia
Empecemos por tierra firme.
Varios estudios de análisis molecular han comparado alimentos ecológicos con alimentos producidos de forma convencional. Las diferencias van más allá de los pesticidas — los alimentos ecológicos muestran consistentemente mayor densidad de polifenoles, antioxidantes y compuestos bioactivos. La razón principal es el estrés: una planta que crece sin agroquímicos, en un suelo vivo y diverso, desarrolla más defensas propias. Ese esfuerzo se traduce en moléculas que son buenas para nosotros.
Dicho de otra forma: la calidad del entorno en que crece un alimento se escribe en su composición molecular. No es metáfora — es bioquímica.
Y eso es solo el punto de partida.
Las plantas responden a quien las cuida
Hay algo que muchos jardineros saben por experiencia y que la ciencia ha empezado a documentar: las plantas responden a su entorno sonoro y a quien las cuida.
Estudios realizados en la Universidad de Florence y en el Royal Horticultural Society en Reino Unido han mostrado que plantas expuestas a música o a la voz humana crecen con mayor vigor que las que crecen en silencio. No se sabe exactamente por qué — las hipótesis van desde las vibraciones mecánicas hasta respuestas bioquímicas al sonido — pero el efecto se ha observado de forma repetida.
Lo interesante no es solo el resultado, sino lo que implica: que un organismo vivo responde a la presencia y la atención de quien lo cuida. Y los fermentos — llenos de microorganismos vivos, en constante interacción con su entorno — no son tan distintos de una planta.
Emoto, la poesía y la precaución
Masaru Emoto y sus fotografías de cristales de agua que cambian con palabras o música son hermosas e inspiradoras. También hay que decir con honestidad que sus experimentos no han sido reproducibles con rigor científico y que la comunidad investigadora los considera no concluyentes.
Pero hay algo valioso en la intuición que hay detrás: que el agua — y todo lo que contiene agua, que es casi todo lo vivo — puede ser sensible a su entorno de formas que aún no entendemos bien.
La física cuántica nos ha enseñado en el último siglo que la realidad a escala pequeña se comporta de maneras que desafían el sentido común. Que el observador influye en lo observado. Que todo está conectado de formas que la física clásica no contemplaba. No sabemos exactamente cómo se traduce eso a la escala de un tarro de kombucha — pero tampoco sabemos con certeza que no se traduce de ninguna forma.
Hay leyes que aún no entendemos del todo. Y eso, en sí mismo, invita a la humildad.
Lo que sí podemos afirmar
Dejando a un lado lo que no podemos probar, hay algo que sí podemos afirmar con confianza: la atención y el cuidado que pones en un fermento tienen un efecto medible en el resultado.
No porque el fermento "sienta" tu amor de forma mística. Sino porque cuando estás presente y atento:
- Controlas mejor la temperatura y los tiempos
- Detectas antes cualquier anomalía
- Usas ingredientes más cuidados
- Mantienes la limpieza con más rigor
- Respetas el proceso en lugar de apresurarlo
Todo eso — que parece puramente técnico — viene de una actitud. Y esa actitud es, en el fondo, una forma de cuidado.
Para quien elabora para otros
Si fermentas para otras personas — familia, amigos, o clientes — hay una dimensión añadida que vale la pena nombrar.
Lo que preparas con tus manos lleva información de cómo lo hiciste. No solo en términos de ingredientes o proceso, sino en términos de presencia. Un fermento hecho con prisa, con ingredientes mediocres y sin atención no sabe igual que uno hecho despacio, con cuidado y con buenos ingredientes. Eso no necesita ninguna explicación cuántica — cualquiera que haya comido en casa de alguien que cocina con amor lo sabe.
Las culturas fermentadoras más antiguas del mundo — en Japón, en Corea, en Europa del Este — siempre han tratado la elaboración de alimentos fermentados como una práctica que requiere no solo técnica sino también estado interno. No es casualidad.
Así que la próxima vez que pongas en marcha un lote, vale la pena preguntarse: ¿cómo estoy? ¿Estoy aquí, presente, con atención? No como ritual obligatorio — sino como recordatorio de que lo que haces importa, y de que eso se nota.
La conclusión más honesta
No podemos decir que el amor "vibra" en un fermento de forma cuantificable. Pero sí podemos decir que la atención, el cuidado y la intención de quien elabora un alimento influyen en su resultado — a través de mecanismos que en parte entendemos y en parte todavía no.
Y que hay algo en la experiencia de fermentar con presencia que va más allá de los datos. Algo que los fermentadores reconocen en sus propios tarros, lote a lote, sin necesitar que nadie se lo explique.
Eso también es una forma de saber.
¿Llevas el registro de tus fermentos — incluyendo cómo te sentías el día que los hiciste? Prueba Fermenty y empieza a observar tus propios patrones.
Fermentista incansable y parte del equipo de Fermenty. Me apasiona la creatividad que despiertan los fermentos, y cuando salen bien :)
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